BELGRANO NO SOPORTABA A BALCARCE, por Carlos Páez de la Torre


BELGRANO NO SOPORTABA A BALCARCE, por Carlos Páez de la Torre

Una antipatía que arrancaba de la Campaña al Paraguay y que se agudizó en la batalla de Tucumán

Obvio es decir que en el interior de todos los seres humanos –tanto hombres comunes como próceres- anidan simpatías y  antipatías. El nuevo aniversario de la gloriosa batalla de Tucumán, parece ocasión adecuada para decir algo sobre aquellos rasgos en la personalidad del jefe vencedor, Manuel Belgrano, usando su testimonio personal y el de otros memorialistas.
Hombre de trato afable como era, había mucha gente que caía simpática a Belgrano, empezando por el general José de San Martín, como es sabido. Inclusive, tenía simpatía por el jefe realista que derrotó en Tucumán y Salta, brigadier Pío Tristán: se habían conocido en España y, al rendirlo en 1813, Belgrano lo trató con delicada consideración.
Gozaba visiblemente del afecto de Belgrano, el luego general Gregorio Aráoz de la Madrid. En sus “Memorias”, el general Tomás de Iriarte se detiene a comentarlo. Al general le encantaba el temperamento corajudo del tucumano; lo cautivaba su simpatía y no dudaba que llegaría a gran altura como militar. Iriarte apunta que él, personalmente,  “no participaba de la opinión del general, pareciéndome que La Madrid era un oficial muy común, y cuanto más tendría la calidad de valiente”.
 
 
Juan Ramón Balcarce
 
Hasta aquí, algunas simpatías. Pero había alguien a quien Belgrano dispensaba franca antipatía: el teniente coronel Juan Ramón Balcarce. Este militar porteño, tres años menor que su jefe, había entrado a la milicia en la adolescencia. Revistó en las dos expediciones (la científica y la fronteriza) de Félix de Azara a fines del XVIII, y en 1804 estuvo destinado en Tucumán, como ayudante de milicias. Peleó luego contra los ingleses en la defensa de Buenos Aires y, tras la deposición del virrey Cisneros, marchó en la expedición al Alto Perú, junto a Juan José Castelli. Le tocó mandar el pelotón que fusiló en Córdoba a Santiago de Liniers.
En su inconclusa “Memoria sobre la batalla de Tucumán”, Belgrano da rienda suelta a su franco desagrado hacia Balcarce. Arrancaba de la época de la campaña al Paraguay, en 1810. Decía que le guardaba “envidia” porque la Primera Junta le dio grado de brigadier, y que Balcarce fue “el autor de que no fuera en mi auxilio el cuerpo de Húsares, del que era teniente coronel”. No vacilaba en agregar que todo eso era “efecto de su cobardía.”
 
Notas mentirosas
 
Cuando, en 1812, Belgrano llegó a Salta para hacerse cargo del Ejército del Norte, encontró que Balcarce estaba entre los oficiales y al mando de una fuerza de caballería. Quiso librarse de él, pero Juan Martín de Pueyrredón lo tranquilizó, asegurándole que no le crearía problema alguno. Belgrano entonces trató de recomponer su relación con Balcarce: cuenta que “traté desde aquel momento de dar pruebas de que en mí no residía espíritu de venganza”. Y en Campo Santo, “lo hice reconocer por mayor general interino del Ejército, por haberse indispuesto Díaz Vélez”.
Como se sabe, Belgrano replegó la fuerza a Jujuy. Mandó a Balcarce a Humahuaca, para distraer al enemigo y reclutar fuerzas. Reconoce que cumplió con la recluta, pero agrega que le envió comunicaciones mentirosas diciéndole que había ahuyentado a todas las partidas enemigas, cuando en realidad “no encontró una”. Desconfiando ya, Belgrano destacó a Díaz Vélez a Humahuaca, quien confirmó sus temores y mandó retirar los soldados. En su “Memoria”, afirmaba también Belgrano que más tarde, en la escaramuza de Las Piedras, se mantuvo Balcarce en la retaguardia y no peleó al frente.
 
 
 
 
Insubordinaciones
 
En la retirada desde Jujuy, ni bien acampado en La Encrucijada, ya territorio tucumano, el general envió a Balcarce a la ciudad, “para promover la reunión de gente y armas y estimular al vecindario a la defensa”. Esto, porque el enviado conservaba amigos en Tucumán, desde su permanencia anterior.
Reconoce Belgrano que el encargo fue bien desempeñado. De allí, como es bien conocido, saldría la famosa comisión que, capitaneada por Bernabé Aráoz, pidió al general que se quedara en Tucumán y diera batalla a los realistas.
En los siguientes aprestos para el combate, también reconoce Belgrano que Balcarce instruyó, como se podía, a la caballería. Pero, dice, “ya empecé a entrever su insubordinación respecto del mayor general Díaz Vélez”. Esa actitud se manifestó incluso en “un escándalo”, ocurrido “a inmediaciones de la tropa y paisanaje”, y que Belgrano no quiso reprimir por razones de prudencia.
 
El ala derecha, el 24
 
En la batalla del 24 de setiembre de 1812, confió a Balcarce el mando de la caballería del ala derecha. Al iniciarse la acción, le ordenó que avanzara con sus jinetes. Pronto advirtió Belgrano, narra, que “lejos de avanzar a su frente, se me iba en desfilada por el costado derecho”. Reiteró, por medio del edecán Blas Pico, la orden de que avanzara al galope. Pero Balcarce “tomó dirección no a su frente sino a su derecha”.
En sus “Memorias”, un testigo, José María Paz, encuentra razonable el movimiento de Balcarce. No era posible echar sobre las bayonetas de la infantería, que ya estaba rodilla en tierra y apuntando, esa caballería precariamente instruida. “Por lo demás –opina Paz- sea caracoleando, sea oblicuando para ponerse sobre el flanco enemigo, el resultado fue que la caballería de Tristán huyó, dejando a la nuestra dueña del campo”. Asimismo, Bartolomé Mitre dice que “esto de correrse un tanto sobre la derecha”, si bien no era cumplir la orden del jefe, era “obrar con la prudencia que aconsejaba la calidad de su tropa”.
 
Crece la tensión
 
Concluida la batalla con resultado indeciso todavía, cuando Belgrano pudo volver al campo, apareció Balcarce al galope con unos cuantos soldados, y lo felicitó a los gritos por la victoria. Cuando el general le preguntó en qué basaba sus felicitaciones, le dijo: “Nosotros hemos triunfado del enemigo que teníamos al frente, y juzgo que en todas partes habrá sucedido lo mismo”. Paz cuenta que esas palabras “visiblemente desagradaron” al general, quien guardó silencio desde entonces.
En las semanas que siguieron, Balcarce continuó resultando molesto para Belgrano. Encabezó, según Paz, el grupo de oficiales que lo presionó para obligarlo a quitar, al severo coronel José Moldes, el cargo de Inspector General del Ejército. Luego de esto, Belgrano contraatacó sigilosamente. Un grupo de sus partidarios empezó a requerir (bajo estricto juramento de silencio) testimonios sobre si Balcarce “había obrado con cobardía en la acción del 24; sí cargó al enemigo, etcétera, etcétera”, siempre según Paz.
 
Balcarce se va
 
Todo esto tornó difícil la posición de Balcarce en el ejército. “Ni Dorrego, ni Forest, ni otros jefes influyentes, eran amigos suyos”, sigue Paz. Además, tenía grado superior a ellos y no les disgustaba sacárselo de encima. Pero los amigos tucumanos de Balcarce lo salvaron, al elegirlo diputado por Tucumán, junto con Nicolás Laguna, a la asamblea de 1813. Así, “se acabó la causa, se separó del ejército, se marchó a Buenos Aires y todo terminó”.
En esta nueva etapa, esperaban a Balcarce altas posiciones. Comandante general de la campaña bonaerense, lo ascendieron a coronel mayor. En 1818, fue nombrado gobernador de Buenos Aires; luchó contra la montonera de Santa Fe y renunció al año siguiente.
 
Altos cargos
 
Peleó en la derrota de Cepeda de 1820, donde pudo salvar la infantería. Otra vez fue, por breve tiempo, gobernador de Buenos Aires, ese año. En 1826 tuvo una banca de diputado al Congreso Constituyente. Fue ministro de Guerra del gobernador Manuel Dorrego y enviado diplomático al Brasil. Tras expatriarse un tiempo en Montevideo, volvió y fue ministro de Guerra de Juan Manuel de Rosas. Luego se distanciaría de este, lo que hizo imposible su permanencia en el cargo de gobernador de Buenos Aires, para el que lo eligieron nuevamente en 1832.
Balcarce falleció en su estancia El Chañar, de Concepción del Uruguay, el 12 de noviembre de 1836. Sus restos se trajeron a Buenos Aires y están en el cementerio de la Recoleta, en un sencillo mausoleo.
 
Otros juicios
 
El general Paz consideraba a Balcarce de pocas luces, aunque patriota y buen soldado. Era, según Vicente Fidel López, “de genio poco atropellado”, y “sin embargo, hombre de acción, vivaz, activo en el campamento y bastante bravo y acertado en el campo de batalla”. Agrega que tenía “espíritu impresionable, genio impetuoso pero abierto a las buenas impresiones y poco cauto en manifestarlas”. En cuanto a su físico, lo describe como “verdadero y arrogante soldado, rubio, bien colorido y bien constituido; de aire abierto, alegre, generoso”. En el Museo de Luján se conserva un buen retrato al óleo de Balcarce, ejecutado en 1883 por Javier de Montepin.
 
CARLOS PÁEZ DE LA TORRE (h)
 


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